Extrema Derecha Global

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A los primeros gobiernos de extrema derecha de nuestra época, los de Polonia y Hungría —que responden a las particulares características de la herencia fallida del «socialismo real» en Europa Central y del Este—, se agregó la victoria de Donald Trump en 2016. Esto supuso una explosión en los estudios sobre la extrema derecha [1].

Desde entonces, la academia anglosajona recurrió al término «populismo», desconociendo los trabajos realizados alrededor del tema por las ciencias sociales latinoamericanas desde mediados del siglo XX. Los trabajos clásicos del populismo elaborados en América Latina, con sus crisis endémicas de representación política y económica, se encontraban en mejores condiciones de comprender la transición política a la crisis de representación que hoy caracteriza a la política contemporánea. Nos referimos a los aportes de autores como Gino Germani, pensador fundante en los estudios de la sociología sobre el peronismo en Argentina; o Francisco Weffort, sobre el varguismo en Brasil.

El politólogo holandés Cas Mudde definió en sus escritos a una «derecha populista radical», pero confesó en otros más recientes que sus análisis tienen un carácter «eurocéntrico». Sin embargo, autores como Roberts y Zanotti han aplicado con cierta eficacia sus categorías al análisis del fenómeno en América Latina, contemplando las diferencias regionales.

Foto_ Dying Regime_ CC BY 2.0
El auge de la extrema derecha al que asistimos en la actualidad se produce en un contexto de crisis hegemónica de las potencias, que las ha arrastrado a la guerra y la violencia. Pero también responde a cuestiones estructurales del capitalismo, en particular a la búsqueda de la preservación de las desigualdades y la concentración de riqueza por medios antidemocráticos o elitistas, que permiten la reproducción del sistema. Como señala el militante de izquierda brasileño y ex ministro de los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT) de Brasil, Roberto Amaral, «el avance fascista es el combate de nuestro tiempo». 

Este artículo tiene por pretensión desarrollar ideas de interpretación sobre el comportamiento y la construcción de legitimidad de la extrema derecha en el mundo contemporáneo, que varían según cada país y región pero que —debido a la internacionalización de las comunicaciones y los efectos de la globalización— mantienen puntos en común.


Una política internacional para la extrema derecha

El crecimiento de la extrema derecha no es definitivo, pero sí constante, elección tras elección. Tal como sucedió en Italia y Alemania en las primeras décadas del siglo XX y luego de la Primera Guerra Mundial, la crisis de época propicia que estas fuerzas —que se valen del resentimiento y el prejuicio— crezcan y se expandan como movimientos políticos que presentan una respuesta autoritaria a esa crisis.

Mientras que en el mundo dominante —anglosajón y occidental— el parteaguas que expresó el auge de la extrema derecha fue la victoria de Trump en 2016, en América Latina lo fue la victoria de Jair Bolsonaro dos años después. Este militar retirado, con un discurso que reivindicaba la dictadura y la tortura, construyó un movimiento de masas que mantiene hoy su vigencia como principal oposición —a pesar de haber perdido las elecciones presidenciales por un escaso margen en 2022. Un movimiento unido por un lazo afectivo a su líder carismático, a quien rinde pleitesía.

Con su difusión y viralización del prejuicio, las redes se han convertido en la nueva forma de manipulación política de masas.

Puesto que existen perspectivas en el campo de las ciencias sociales que pretenden tratar como «conspirativas» las teorías que señalan la existencia de una extrema derecha internacional, es necesario resaltar los vínculos globales de estos grupos. Lo que sugieren las alrededor de 50 entrevistas realizadas a personas vinculadas o firmantes de la Carta de Madrid —la iniciativa más importante del partido español Vox en la articulación de esta «internacional reaccionaria»—, es que bajo esa superficie visible se esconde una construcción de redes más densa y profunda [2]. Si bien aquellos análisis que preserven los casos nacionales y permitan la investigación de las causas específicas de cada país pueden resultar válidos, parece difícil de sostener que ese sea el único enfoque adecuado. Pues estaríamos perdiendo de vista el carácter global e intercomunicado de la política contemporánea, y cómo esto ha influido en los últimos años en el desarrollo de los movimientos de extrema derecha.

Un papel especial en el desarrollo de estas redes internacionales le corresponde al partido español Vox que, si bien no ha cosechado resultados electorales tan importantes como partidos más nuevos de la misma tendencia ideológica que cuentan con una trayectoria menor —como La Libertad Avanza, de Javier Milei, o Hermanos de Italia de Georgia Meloni—, se ha destacado en la construcción de una política internacional para la extrema derecha.

Vox ha sido inteligente en lanzar al debate público una serie de ideas-propaganda como «narcocomunismo», «reconquista», «Iberosfera» e «Hispanidad». Este corpus, que rehabilita visiones basadas en la herencia del franquismo y el nacionalismo falangista español, le ha servido para seducir y establecer conexiones con sectores de la extrema derecha latinoamericana y europea en un principio marginales, pero que han adquirido mayor importancia política en los últimos años.

Un ejemplo, en este sentido, es el de Javier Milei y Victoria Villarruel. Cuando ambos eran políticos marginales en Argentina, la pertenencia a las redes de Vox, que se encuentran vinculadas con las de la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC) en América Latina, les proporcionó la oportunidad de participar en eventos internacionales, compartir experiencias, conocer líderes europeos y percibirse como parte de un movimiento común. El propio Milei lo ha señalado al participar —ya como presidente argentino— del Festival Viva 24 del partido español, donde dijo:

«cuando empecé con toda esta peripecia de dar públicamente la batalla cultural, estaba más solo que Adán en el día de la madre. Y en ese contexto, uno de los pocos que me abrazaron y me aguantaron cuando todos me daban la espalda, fue el querido Santiago. Así que quiero comenzar hoy aquí haciéndole un agradecimiento público ante ustedes. Gracias, Santiago» [3].

A su vez, Vox reúne una diáspora de cubanos y venezolanos exiliados de la Cuba de los Castro y la Venezuela de Nicolás Maduro. Regímenes autoritarios que la izquierda, mientras tanto, se niega a reconocer como tal; como tampoco reconoce el daño o sufrimiento que estos regímenes pueden representar para las personas que huyen de estos países. Más allá de las valoraciones ideológicas que puedan definir los motivos por los cuales se produjeron esos daños o sufrimientos, es incuestionable que estos regímenes han proporcionado a sus opositores políticos daño, represión, exilio y sufrimiento.

Sin embargo, la izquierda latinoamericana y en parte la europea, por una cuestión de «solidaridad de cuerpo» y por la defensa de viejos ideales constitutivos de su identidad política e histórica, se muestra reacia a reconocer estos hechos, brindando a las redes de la extrema derecha la oportunidad de recibir a estos damnificados con los brazos abiertos. Las personas que han sufrido la represión de estos regímenes, como es esperable por su experiencia traumática, pierden objetividad en el análisis, y suelen considerar aberrante todo aquello que pueda encontrarse emparentado con la idea de «socialismo».

Lo que está en riesgo es la utopía racionalista que garantizaba más derechos democráticos, demolida por la irracionalidad masiva de las nuevas tecnologías.
Esta visión converge con la narrativa guerrera de Vox, que considera a cualquier fuerza de izquierda como parte del «narcocomunismo». Se trata de una construcción artificiosa que busca identificar a cualquier alternativa de izquierda como algo criminal; como lo hicieron el «lock her up» de Trump contra Hillary Clinton, o el «cárcel o exilio para los opositores rojos» de Bolsonaro. La adopción de esta narrativa introduce un enemigo a combatir, y ya no un adversario digno de reconocimiento en el marco democrático que implica la disputa política. 

La articulación internacional de Vox se ha producido también con fundaciones de Estados Unidos vinculadas al ala latina del Partido Republicano, como la ya mencionada CPAC, de la pareja Matt y Mercedes Schlapp; así como el Comité Hispano-Republicano de Miami. Mercedes Schlapp, justamente, se reivindica como descendiente de un padre que estuvo preso en las cárceles del castrismo cubano, y en el último festival de Vox señaló enfáticamente: «¡Hay que acabar con los izquierdistas!».

La CPAC se ha exportado en los últimos años a distintos países de América Latina, como México y Brasil; y a otros lugares del mundo, como Japón e Israel. En Brasil ha sido el hijo del ex presidente Bolsonaro, Eduardo, quien con su Instituto Liberal Conservador ha realizado diversas ediciones de la CPAC. En México ésta ha sido liderada por el actor devenido ultracatólico Eduardo Verástegui, que pretende representar una alternativa de derecha por fuera del sistema de partidos tradicional, acusando al Partido de Acción Nacional (PAN) de adherir al «supremacismo progresista». En este sentido, enarbola la idea de que cualquier partido de derecha que no comparta sus perspectivas conservadoras representadas por el eslogan fascista y franquista «Dios, patria y familia», será tildado de «izquierdista» o «socialdemócrata». Una narrativa generalizada entre las distintas expresiones de extrema derecha en América Latina y el mundo.

A su vez, Vox ha buscado establecer relaciones en América Latina con los candidatos de la extrema derecha emergente —liderada por Milei, Kast, Verástegui, Rafael López Aliaga, Álvaro Uribe y Bolsonaro—, rechazando a políticos de derecha tradicional y centro-derecha como Mauricio Macri, Sebastián Piñera o Juan Manuel Santos, quienes han sido tradicionalmente los aliados del español Partido Popular (PP) en América Latina. Es decir, han preferido deliberadamente entablar alianzas con aquellos outsiders dispuestos a alinearse con una «nueva internacional reaccionaria». Esto responde a una visión estratégica respecto de cómo hacer avanzar un negocio político en un nicho que sus competidores no estaban ocupando.

Foto_ First Name Last Name_ CC BY NC ND 2.0
Si bien su propuesta ha sido recibida de forma disímil en los distintos países, una nota especial la merece el caso peruano. Allí la Carta de Madrid —la principal iniciativa para la constitución de este movimiento global— ha sido firmada por todos los partidos de la derecha, así como por importantes empresarios que han financiado los encuentros del Foro Madrid. Por ejemplo, Erasmo Wong, un poderoso empresario dueño del canal derechista y que promueve teorías conspirativas, Willax TV. En esto, el caso peruano parece distinguirse del resto, y probablemente se debe, entre otros factores, al papel que Lima jugó como capital del Virreinato del Perú, y a la herencia de la colonización española que aún emana de ese proceso. 


La sociedad de las imágenes y la construcción de la narrativa de la extrema derecha

Los cambios en el ambiente comunicacional han sido cruciales para la expansión de la extrema derecha. Las nuevas plataformas apelan a un público joven y despolitizado, y conectan con él a través del lenguaje de las celebrities que prolifera en las redes sociales. Con su difusión y viralización del prejuicio, las redes se han convertido en la nueva forma de manipulación política de masas. En este ambiente, ilusionistas y charlatanes disfrazados de expertos, como Jordan Peterson, Agustín Laje o Pablo Muñoz Iturrieta, entre otros miles de influencers de la derecha, han obtenido ganancias vendiendo recetas a medio camino entre los libros de autoayuda y los pastores evangélicos. De esta forma se han convertido en los nuevos reyes de la popularidad de este tiempo, estableciendo trucos de ilusionismo y manteniendo a la vez «relaciones simbióticas» con los líderes extremistas, de acuerdo a la definición de «microemprendedores políticos» de Rodrigo Nunes [4]. Sirven para difundir las ideas del movimiento extremista, para naturalizarlas, y a veces para ejercer presión en torno a una radicalización del movimiento [5].

Steve Bannon, el gurú de la campaña presidencial de Donald Trump en 2016, fue uno de los primeros en percibir el potencial de las redes para la extrema derecha, denominada por él como «movimiento nacional populista». Siguiendo el postulado de que «si quieres cambiar la política, primero debes cambiar la cultura», Banon ha ejemplificado con el papel fundamental de su sitio web Breitbart News la importancia de esas «guerras culturales». Especialmente, en relación a la segmentación de los públicos en las redes sociales, como se ha visto con el escándalo de la empresa Cambridge Analytica en 2016 [6].

La relevancia de los partidos es, por efecto de la nueva comunicación, inversa a como era antes. Ahora lo principal son las personas y su comunicación política, ejercida a través de las redes y los medios tradicionales. El partido es una consecuencia de la persona, del liderazgo personalista y afectivo que convoca seguidores.

Lo que las redes han hecho es tan solo acelerar, conectar y masificar tendencias que se encontraban presentes en otros dispositivos comunicacionales anteriores.

En la sociedad de la imagen, lo relevante es la construcción de una narrativa: no importa si es verdadera, lo importante es que sea verosímil. El líder tiene un papel central como gran influencer en la construcción de una narrativa exitosa sobre sí mismo. Se trata de una narrativa megalomaníaca y mesiánica, ya que sus principales puntos consisten en destruir simbólicamente a sus enemigos para, a partir de «los escombros», destacar sus propias capacidades. El eje central de la narrativa no lo constituyen los actos tradicionales de gobierno, sino el poder del relato en sí mismo, el storytelling. Un ejemplo de construcción de una narrativa guerrera y antidemocrática que enfrenta «héroes» y «villanos», como en los cómics dirigidos a los jóvenes, es el del presidente argentino Javier Milei; que se refería a sí mismo como «el León» que iba a hacer frente a «las ratas». 

Otro caso elocuente es el de Bolsonaro, quien, habiendo sido diputado por Brasília durante 28 años, y a pesar de que ese es el lugar donde también sus hijos han ocupado cargos como diputado (Eduardo), senador (Flavio) o concejal (Carlos), escogió como lema de su campaña «Más Brasil, menos Brasília». Pero en la lógica comunicativa de la extrema derecha, ese tipo de contradicciones no importan: lo importante es la construcción de una narrativa que resulte verosímil para amplios segmentos de la población que mantienen un profundo rechazo e indignación ante la clase política tradicional —ya sea por escándalos de corrupción, falta de resultados económicos u otras cuestiones.

En Francia, el joven Jordan Bardella ha construido su cercanía a través de la red social Tik-Tok. También podemos mencionar el caso de «Se acabó la Fiesta», del youtuber Alvise Pérez, un partido a la derecha de Vox que ha sido una revelación en las últimas elecciones europeas. A tono con el clima de la época, el español Alvise Pérez promete cárcel al presidente Pedro Sánchez y mantiene un discurso parecido al de Milei, hablando de «casta» y haciéndose eco de la desconfianza hacia la política que corroe las sociedades contemporáneas. En la medida en que los partidos o movimientos de extrema derecha se muestran como un negocio rentable políticamente, van surgiendo figuras que compiten con esas fuerzas políticas «iniciales» en el mismo campo de la extrema derecha. Algunos ejemplos de estos «partidos de segunda generación» de extrema derecha son Reconquista, de Zemmour y Marión Marechal Le Pen en Francia, Confederatzia en Polonia, Mi Hazank en Hungría y Se acabó la fiesta en España.

El surgimiento de nuevos grupos dentro del Parlamento Europeo refleja esa competencia al interior de las derechas, como es el caso de la emergencia del nuevo grupo «Patriotas» —dirigido por Víctor Orbán y que incluye a Vox—, en desmedro del grupo tradicional de Georgia Meloni y los polacos de Ley y Justicia, Conservadores y Reformistas (ECR). Así como la disminución del otro grupo tradicional de la extrema derecha europea: Identidad y Democracia (ID).

En el caso de la extrema derecha y su manera de operar en las redes, de acuerdo a la definición de Traverso de «posfascismo» [7], se persigue la aniquilación simbólica del enemigo, y no necesariamente violenta. Sin embargo, puede haber y ha habido hechos absolutamente violentos, como lo fueron el asalto al Capitolio de Estados Unidos (2021) y el ataque a la Plaza de los Tres Poderes en Brasilia (2023). Por ello el politólogo holandés Cas Mudde, experto en el estudio de los movimientos de extrema derecha, ha pasado en los últimos años de establecer una diferenciación clara entre «derecha populista radical» y «extrema derecha»; a señalar que actualmente se avanza hacia un proceso de hibridación entre ambas derechas [8].

Lo que está en riesgo es la utopía racionalista que garantizaba más derechos democráticos, demolida por la irracionalidad masiva de las redes y las nuevas tecnologías.


La extrema derecha global es religiosa

Frente a la caída de las certezas de la Modernidad, la extrema derecha encuentra un modo de reafirmar su legitimidad política, social y cultural en las convocatorias y experiencias de tipo religioso. Así, utiliza un tipo de apelación denominada «hibridación religiosa» [9], que consiste en una combinación de los aspectos más conservadores de las tres principales religiones occidentales: evangelismo, judaísmo y catolicismo. Con el objetivo de propiciar una convergencia en defensa de la «familia tradicional», puede abarcar tanto las ramas ortodoxas del judaísmo, como las ramas conservadoras del catolicismo y del evangelismo.

Foto_ Richard Ha_ CC BY 2.0
La extrema derecha se presenta del mismo modo como firme oposición a los movimientos feministas, que han expresado su potencia política en distintos países en los últimos años; dirigiendo una «cruzada moral» o «batalla cultural» por la restauración de las antiguas jerarquías en la sociedad. Un dato a considerar en este sentido es que en la mayoría de los países donde estos fenómenos se desarrollan, los partidos de extrema derecha obtienen mayor cantidad de votos entre los varones que entre el electorado femenino. 

La extrema derecha global es religiosa, en tanto tiene en la religión uno de sus principales puntos de apoyo. Si se observan las principales experiencias políticas de extrema derecha, se podrá ver cómo todas se han amparado en esa matriz religiosa. Esto incluye al Brasil de Jair Bolsonaro, Israel con Benjamin Netanyahu, Polonia con los hermanos Kaczyński y el partido Ley y Justicia, Hungría con Victor Orbán, India con Narendra Modi, Argentina con Javier Milei y Estados Unidos con Donald Trump.

En ese sentido, los rabinos, pastores evangélicos o sacerdotes ofician como «intermediarios» [10] y brindan a los líderes outsiders la estructura política de la que ellos carecen, través de sus iglesias o templos. Una estructura política de la que carecen precisamente por venir de fuera de la política tradicional; aspecto vinculado a la irrupción de la extrema derecha.

Esto coincide, como ha señalado José Benegas, con un período de la historia de la humanidad donde están dándose a conocer más que nunca los abusos sexuales producidos en las distintas iglesias por parte de sus jerarquías. Por lo tanto, no es de extrañar el financiamiento de los movimientos de la extrema derecha por sectores involucrados en estos abusos; que pretenden, con su presencia y participación política, redirigir la mirada hacia otros lugares. A modo de ejemplo, la película Sonidos de Libertad, que trata sobre un ex agente de la Agencia Central de Inteligencia estadounidese (CIA), participante de encuentros como la CPAC México, producida por el mexicano Eduardo Verástegui, busca redirigir culpas con teorías conspirativas hacia «la élite de Hollywood».

En un mundo de incertezas y crisis hegemónica por el conflicto palestino-israelí, la guerra Rusia-Ucrania y el declive de Estados Unidos, así como el ascenso de China, la religión resulta atractiva en tanto brinda un punto de orden y reforzamiento social de las jerarquías. Dicho de otro modo: en esta «era de las incertezas» marcada por el cambio tecnológico, la religión puede resultar un refugio tentador para sectores desafiliados de la sociedad.

Especialmente porque la religión brinda apoyo moral y político para las «cruzadas» entre «puros» e «impuros». Es decir, para las narrativas antidemocráticas que suelen adoptar los líderes de la extrema derecha, instalando un estilo polarizante y confrontativo en las sociedades que gobiernan.


Israel como punto central de legitimidad para la extrema derecha global

Si existe un punto donde la extrema derecha global converge, ese es Israel. La adhesión con el estado israelí permite acusar a la izquierda de «antisemita», y propicia una apropiación del Holocausto en clave conservadora. Esto es, des-historizando y tratando de revertir la relación entre el fascismo, el posfascismo y el aniquilamiento sistemático de personas en campos de concentración sucedida en el siglo XX, y el hecho de que las fuerzas actuales de extrema derecha son herederas de aquellas experiencias. Con esa pretensión de disociación aparece la teoría conspirativa difundida por círculos de extrema derecha de que Hitler habría sido de izquierda, al figurar la palabra «socialista» en el nombre del partido nazi —Partido Nacional Socialista Alemán.

En un mundo de incertezas y crisis hegemónica, la religión resulta atractiva en tanto brinda un punto de orden y reforzamiento social de las jerarquías. (…) Puede resultar un refugio tentador para sectores desafiliados de la sociedad.

Así, la extrema derecha no solo pretende invertir la valoración y señalar a la izquierda como responsable del antisemitismo y la discriminación a los judíos; sino que pretende también romper el vínculo histórico por el que fueron las fuerzas fascistas, nacionalistas de derecha y conservadoras, las que propiciaron la política guerrera e imperialista de la Segunda Guerra Mundial, así como el apoyo a Hitler y a Mussolini. A modo de ejemplo: sin la complicidad de figuras de la derecha conservadora en la República de Weimar como Franz von Papen y Paul von Hindenburg, Hitler no hubiera accedido al poder.

Como han señalado con sagacidad autores como Enzo Traverso y León Rozitchner, mientras el judío era antes «la otredad» del mundo occidental, hoy es un engranaje clave para la continuación del colonialismo: «A causa de la política israelí, el judío se vuelve encarnación de Occidente; por ende, es todo lo contrario del viejo antisemitismo, que lo veía como un enemigo de las naciones occidentales» [11].

Ejemplo de ello son las sistemáticas acusaciones de antisemitismo —basadas en fundamentos poco relevantes— que tuvo que enfrentar Jeremy Corbyn mientras dirigió el Partido Laborista inglés con una política de izquierda radical. Al contrario, las derechas de Vox y el Frente Nacional, que tienen probados antisemitas entre sus filas, cuentan con la legitimidad y el apoyo de Israel, incluso con funcionarios que han participado abiertamente en sus mítines.

La emergencia del movimiento nacionalista religioso en Israel, que cuenta con un fuerte apoyo en el gobierno de Netanyahu, ha contribuido a afianzar este tipo de alianzas. Muestra de ello son los vínculos de Netanyahu con el llamado grupo de Visegrado, países que han hecho del antisemitismo un combustible innegable para sus gobiernos de extrema derecha.

Esto es porque:

«para el primer ministro (Netanyahu), la izquierda siempre es el enemigo interior, porque acepta la idea de que el pueblo palestino tiene derechos. Es —escribe— el síntoma de la enfermedad contraída a principios de siglo en Europa del Este. Es el virus del marxismo que impregnó todos los movimientos judíos, socialistas, comunistas y de izquierda desde inicios del siglo XX» [12].

La parte paradójica de este fenómeno radica en que, por ejemplo, en el caso de España, las fuerzas del nacionalismo fascista católico tuvieron durante el siglo XX una impronta antisemita; mientras que hoy en día Vox —heredero de aquellas tradiciones políticas—, presenta como una de sus principales virtudes su alianza con el régimen de Netanyahu.


La extrema derecha no es invencible

Entre las narrativas actuales circula una referida a que la extrema derecha sería «invencible» en tanto que es resultado de una subjetividad, de una serie de transformaciones económicas y de un clima de época que perjudica a las izquierdas y que es el caldo de cultivo idóneo, por el contrario, para el triunfo de los movimientos de extrema derecha en sus distintas expresiones.

Si bien la extrema derecha ha crecido indudablemente en los últimos años, experiencias recientes han demostrado que puede ser derrotada de forma asociativa, en coaliciones que van desde el centro a la izquierda. Tanto Pedro Sánchez en España (2024), como el nuevo Frente Popular en Francia (2024), Lula en Brasil (2022), o Joe Biden en Estados Unidos (2020), han mostrado que la extrema derecha en el poder, o a las puertas del mismo, puede ser derrotada en las urnas.

Por supuesto que se trata de una situación difícil para las fuerzas democráticas, ya que las extremas derechas recurren habitualmente a la violencia simbólica o física como forma de construcción de poder, y desconocen los resultados electorales cuando no les son favorables, inventando teorías conspirativas. Pero la apuesta por producir una asociación vinculada a la experiencia de los «frente populares» del siglo XX —período en el cual fueron constituidos para luchar contra el fascismo—, está ofreciendo resultados esperanzadores.

También se necesitan medidas concretas capaces de entusiasmar a los sectores de la población más rezagados, que son quienes han pasado en las últimas décadas —de acuerdo al proceso de desafiliación social—, de votar a los Partidos Comunistas a votar a la extrema derecha. No es casualidad que el Este de Alemania o Hungría y Polonia, donde gobernó por décadas el «socialismo real», hayan sido receptáculos fértiles del voto a la extrema derecha. Se trata de tendencias que obedecen a un proceso de desafiliación social y reconstrucción de una «comunidad» en clave conservadora por parte de la extrema derecha.

En cuanto a las redes sociales, numerosos trabajos académicos han demostrado que su misma estructura de comunicaciones tiende a favorecer a la extrema derecha; pero eso no significa que no tenga sentido tratar de contrarrestar esa narrativa en las redes por parte de las izquierdas. La experiencia del llamado «janonismo cultural» en Brasil y la campaña del PT en 2022, con influencers como Felipe Neto y André Janones, fue importante para derrotar al bolsonarismo. Eso implica entrar en el cenagoso terreno de las fake news pero, por otra parte, el barro ha sido propio de cualquier campaña política y disputa de poder desde mucho antes del surgimiento de las redes. Lo que las redes han hecho es tan solo acelerar, conectar y masificar tendencias que se encontraban presentes en otros dispositivos comunicacionales anteriores —como la radio, la prensa y la televisión. Estos medios ya permitían sofisticadas técnicas de propaganda y manipulación de masas, que fueron utilizadas por líderes políticos de extrema derecha o de otras tendencias políticas, especialmente durante el siglo XX.

Tampoco debemos perder de vista que, cuando las fuerzas de extrema derecha han realizado acciones abiertamente violentas para destruir las instituciones democráticas —como los ya mencionados ataques al Capitolio de Estados Unidos y a la Plaza de los Tres Poderes de Brasilia—, lo han hecho como último recurso, tras su derrota electoral. Y en esos casos en los que recurrieron a la violencia de grupos fanáticos, debieron finalmente abandonar el Poder Ejecutivo.

Los rabinos, pastores evangélicos o sacerdotes ofician como «intermediarios» y brindan a los líderes outsiders la estructura política de la que ellos carecen.

Otra señal para el optimismo es que en Europa la emergencia de partidos de extrema derecha como el Frente Nacional o el austríaco Partido de la Libertad, así como el aprendizaje sobre la experiencia del fascismo; han permitido establecer en los distintos países «cordones sanitarios» que parecen haber tenido bastante efectividad. Incluso en España, donde el PP ha evitado también la alianza con Vox desde su surgimiento, probando dos estrategias distintas: por un lado, absorber a Vox a partir de un discurso similar, ejemplificado en la fórmula «Libertad o Comunismo» de Isabel Díaz Ayuso. Por el otro, diferenciarse de Vox estableciendo con ellos pocas alianzas —sólo a nivel autonómico—, lo que ha dado lugar al resentimiento de Vox contra el PP, al cual acusa de ser una «derechita cobarde».

En América Latina, por el contrario, nunca ha existido tal cordón sanitario: Los candidatos que emergen por fuera de la estructura partidaria tradicional (Bolsonaro, Kast y Milei) han colonizado la derecha tradicional, que ha desempeñado un patético papel olvidando sus discursos en defensa de las instituciones, en función de la búsqueda oportunista del poder. Estos políticos outsiders han renunciado por completo a la ética de las convicciones y no están a la altura de las responsabilidades que exige su tarea. En este contexto donde el centro pierde identidad frente a los extremos, la forma de evitar más daño pasa por que las centro-derechas no legitimen los discursos de extrema derecha, ni pacten gobiernos de forma oportunista en alianza con estas fuerzas.

En ese sentido, existen dos modelos para enfrentar a la extrema derecha, como ha señalado Mudde. Por un lado, el modelo alemán de «democracia militante», que sostiene —acorde al contexto emergente post Segunda Guerra Mundial—, que la defensa de la democracia es un ejercicio permanente, un «combate» que no hay que dejar de librar. Por otro lado, está el modelo norteamericano, que defiende la «libertad de expresión» de forma irrestricta y como principio irrenunciable.

A la vista de los resultados en ambos países —donde Trump puede convertirse en presidente de Estados Unidos nuevamente, a pesar del ataque antidemocrático y golpista cometido contra el Capitolio en 2021— pareciera que un modelo más intervencionista frente al extremismo es más efectivo que otro que, amparado en la idea irrestricta e ingenua de libertad de expresión, permite la circulación en el debate público de un discurso tan tóxico como seductor.

A eso debemos sumar la evidencia empírica del caso brasileño, donde la intervención del ministro del Supremo Tribunal Federal Alexandre de Moraes, combatiendo la desinformación y los llamados a la violencia o al terrorismo por parte de la extrema derecha, fue vital para preservar la democracia. El apoyo por parte de varios sectores de la clase política a sus iniciativas fue también fundamental para impedir una acción de continuidad autoritaria por parte del bolsonarismo, tras su derrota electoral.

La extrema derecha busca, donde gobierna, avanzar hacia un régimen híbrido que combina democracia y autoritarismo. La Hungría de Víctor Orbán, con sus leyes amañadas de gerrymandaring, una Corte Suprema nombrada en función de su afinidad ideológica con el Ejecutivo, la expulsión de universidades como la Universidad Central Europea, así como los medios de comunicación estatal y privados que reproducen propaganda del gobierno; son un ejemplo también de lo que Alain Rouquié ha denominado «democracias hegemónicas» [13]. Modelo que ha sido reivindicado por los Bolsonaro en Brasil —que han establecido permanentes vínculos con Hungría—, así como por algunos simpatizantes de La Libertad Avanza en Argentina.

Cuanto más tiempo permanezca en el poder, más podrá avanzar la extrema derecha en su proceso de des-democratización, cuyo objetivo último es arrebatar el poder al pueblo para dárselo a las élites aliadas del gobierno y adictas al poder. El Proyecto 2025, elaborado por la Heritage Foundation, es una demostración de cómo una nueva victoria electoral de líderes como Trump podría profundizar esa concentración antidemocrática y elitista hacia el autoritarismo.

Autor:  Ariel Goldstein

Fuente: Metapolis | Descifrando a la extrema derecha global: alianzas, narrativas y estrategias

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