A pocos días de conmemorarse el Día Internacional de las Mujeres Indígenas, cada 5 de septiembre, tan significativa fecha nos recuerda la lucha de mujeres indígenas amazónicas de hoy en día como Olivia Bisa Tirko, Elaine Shajian Shawit, Teresita Antazú López y tantas otras mujeres defendiendo su legado. Su lucha es por la defensa de sus territorios y cultura, pero, también contra la discriminación, la violencia y el acceso a la justicia.
La conmemoración nos llama a reflexionar sobre dos hechos que debemos recordar: el recuerdo permanente del Baguazo, una de las mayores tragedias sociales y políticas de nuestra historia reciente, y la visita de una misión de la Organización de Estados Americanos (OEA) para evaluar la respuesta del Estado frente a los casos de violencia sexual sufridos por niñas Awajún y Wampis en la provincia amazónica de Condorcanqui, Amazonas.
Estas fechas y acontecimientos parecen distintos, pero están unidos por un mismo hilo conductor: la persistencia de la exclusión y la discriminación que afectan a los pueblos indígenas.
La advertencia que dejó la CVR
Hace pocos días se recordó un nuevo aniversario de la entrega del Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), presentada el 28 de agosto de 2003. La CVR concluyó que la violencia política que sufrió el Perú entre 1980 y 2000 tuvo como principales víctimas a las poblaciones rurales, campesinas, quechuahablantes e indígenas del país.
La Comisión señaló que existía una relación directa entre pobreza, exclusión social y victimización, y advirtió que las profundas desigualdades étnicas y culturales explicaban por qué miles de ciudadanos permanecieron invisibles para el Estado durante décadas. Según sus conclusiones, el 75 % de las víctimas fatales tenían como lengua materna el quechua u otra lengua indígena.
En otras palabras, la CVR identificó que el terreno donde germinó la violencia fue la discriminación histórica. Esa conclusión sigue siendo vigente más de dos décadas después.
El Baguazo: una herida abierta
La tragedia de Bagua, ocurrida en junio de 2009, fue también el resultado de una profunda desconexión entre el Estado y los pueblos amazónicos. Lo que comenzó como una protesta indígena contra normas que afectaban sus territorios terminó en un enfrentamiento que dejó decenas de fallecidos entre civiles y policías.
Más allá de las responsabilidades específicas del conflicto, el Baguazo mostró las consecuencias de ignorar las voces de los pueblos indígenas, de tomar decisiones sin diálogo intercultural y de considerar sus demandas como asuntos secundarios.
Por eso, cada aniversario del Baguazo no solo debe ser un momento de duelo. Debe ser una oportunidad para preguntarnos cuánto hemos avanzado en reconocer la ciudadanía plena de los pueblos originarios y cuánto falta por construir un país verdaderamente intercultural y que incluya, realmente a las mujeres, sobre todo indígenas y aún más, si son niñas.
Las niñas Awajún y Wampis y la deuda de la justicia
La reciente visita anunciada por el Mecanismo de Seguimiento de la Convención de Belém do Pará (Mesecvi) de la Organización de Estados Americanos (OEA) busca evaluar cómo responde el sistema de justicia frente a los casos de violencia sexual que afectan a niñas y adolescentes indígenas en Amazonas. La misión revisará las barreras geográficas, lingüísticas, culturales e institucionales que dificultan el acceso a la protección y la justicia.
La decisión de la OEA llega después de años de denuncias sobre violencia sexual contra niñas indígenas en Condorcanqui y otros territorios amazónicos. Organizaciones indígenas y de derechos humanos han señalado reiteradamente que muchas víctimas enfrentan enormes obstáculos para denunciar y obtener reparación.
Cuando una niña indígena no encuentra protección efectiva del Estado, la advertencia de la CVR vuelve a hacerse presente: la discriminación no es únicamente un problema moral, sino una causa estructural que produce violencia y vulneración de derechos.
Una sola lucha
El Día Internacional de las Mujeres Indígenas no debe reducirse a una celebración simbólica. Es una invitación a reconocer a quienes sostienen la cultura, la lengua, la memoria y la defensa de los territorios de sus pueblos.
Recordar el Baguazo y exigir justicia para las niñas Awajún y Wampis forman parte de una misma tarea: combatir la discriminación estructural que la CVR identificó hace más de veinte años como una de las raíces más profundas de la violencia en el Perú.
Mientras esa discriminación persista, las lecciones del Informe Final de la CVR seguirán siendo una agenda pendiente. Y mientras existan mujeres indígenas que defienden la vida, la memoria y la dignidad de sus pueblos, seguirá existiendo también la esperanza de construir un país más justo, más inclusivo y más democrático.
Jorge Arboccó
Paz y Esperanza
Nota de imagen anexa:
Sixto Saurín y el arte como memoria
La imagen que acompaña esta nota, ha sido relanzada este 30 de agosto, es un mural creado el año 2018 con apoyo de la Asociación Nacional de Periodistas, el Ministerio de Cultura y Paz y Esperanza. El autor, el pintor amazónico Sixto Saurín, cuya obra artística está profundamente comprometida con la defensa de los derechos de los pueblos indígenas y la memoria de las luchas amazónicas.
Saurín entendió que el arte podía convertirse en una forma de resistencia cultural, de denuncia y de afirmación de la dignidad de los pueblos originarios. Entre sus obras más significativas destaca el mural dedicado a la memoria del Baguazo, una creación que transformó el dolor y el conflicto en un llamado a la reflexión colectiva.
Su legado permanece vigente porque nos recuerda que la memoria no pertenece únicamente a los historiadores o a los tribunales. También vive en la pintura, en los murales, en la música y en las expresiones culturales que preservan aquello que una sociedad nunca debería olvidar.




